FUERA DE FOCO, CON BRYAN ACUÑA - El enfrentamiento entre Israel y el sistema regional impulsado por Irán no puede entenderse únicamente a partir de comparaciones de poder militar convencional. Se trata de un choque entre dos doctrinas estratégicas basadas en concepciones distintas del tiempo en la guerra.
Después de la Revolución Islámica de 1979 y, sobre todo, tras la guerra Irán-Irak, Teherán desarrolló una estrategia de seguridad orientada a compensar sus limitaciones militares. Ese modelo se basa en tres pilares: capacidades balísticas, guerra naval irregular y una red regional de actores armados aliados. Este último componente, organizado principalmente por el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) y su Fuerza Quds, se convirtió en el instrumento principal para proyectar poder fuera del territorio iraní. A través de organizaciones como Hezbolá en Líbano, milicias chiíes en Irak, estructuras paramilitares en Siria y los huthíes en Yemen, Irán ha construido un arco de influencia que conecta el Golfo Pérsico con el Mediterráneo. El objetivo central es crear profundidad estratégica, trasladando el escenario de confrontación lejos del territorio iraní y presionando simultáneamente a Israel, a la presencia militar estadounidense y a rutas marítimas críticas.
Durante más de una década, Siria funcionó como el principal punto logístico de esta arquitectura regional. A través de su territorio circulaban misiles, drones, componentes electrónicos y entrenamiento militar destinados principalmente a Hezbolá. El debilitamiento del régimen de Bashar al-Assad alteró ese equilibrio, ya que ha vuelto mucho más vulnerables las rutas de abastecimiento y complicó la capacidad iraní de sostener conflictos prolongados. El frente libanés, aunque es el componente militar más poderoso de esta red, enfrenta límites internos importantes. La crisis económica profunda que atraviesa Líbano y su delicado equilibrio sectario restringen la posibilidad de que Hezbolá arrastre al país hacia una guerra total con Israel. La organización debe equilibrar su rol regional con la preservación de su base política doméstica.
Aunque la red de aliados armados parece descentralizada, su funcionamiento depende de una coordinación centralizada dentro del CGRI. Los comandantes regionales cumplen funciones esenciales como enlaces políticos, coordinadores militares, y gestores de inteligencia y recursos. Estas relaciones se construyen durante años y se apoyan en vínculos personales de confianza. La eliminación de figuras clave puede generar disrupciones importantes. La muerte de Qasem Soleimani en 2020 mostró hasta qué punto la cohesión del sistema dependía de liderazgos específicos. Israel ha explotado esta vulnerabilidad mediante una doctrina de decapitación operativa, orientada a eliminar comandantes y cuadros estratégicos del adversario. Al desaparecer estas piezas centrales de la estructura, la coordinación entre milicias se vuelve más lenta, aparecen disputas internas y se generan debilidades logísticas. Cuando estas operaciones se combinan con ataques contra rutas de abastecimiento y depósitos de armas, el efecto acumulativo puede fragmentar la red de actores armados.
La dimensión logística resulta determinante. Si el flujo de armamento se interrumpe y las reservas comienzan a disminuir, la capacidad operativa de las milicias se reduce progresivamente. Esto produce tensiones internas por recursos y deteriora la coherencia estratégica del sistema. En el fondo, el conflicto refleja dos concepciones temporales de la guerra. Irán diseñó su arquitectura regional para conflictos prolongados basados en un desgaste gr
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